De la quijada al kaláshnikov, II

Joaquín Gómez Carrillo

En el artículo anterior habíamos visto, según relato de los viejos, cómo los hermanos Canín y Aver, siendo ya mozalbetes, habían tomado oficio en una gran hacienda, el uno como agricultor y el otro como pastor de ovejas y cabras. Y habíamos dicho que sus padres fueron expulsados en su día por ‘quítame allá estas pajas’ de otra hacienda mucho más fértil, por la que siempre sentirían nostalgia, no solo ellos, sino toda su descendencia. Y al hilo de ello, dijimos que aquí también llegó a ocurrir tras la Guerra Civil, que muchos medieros, entre ellos mi abuelo materno, fueron expulsados con una mano delante y otra detrás por haber hecho caso a consejos tentadores, o conminatorios, de los políticos de los comités.

Mis abuelos y su prole salieron de su casa, grande, de dos plantas, del Ginete, y anduvieron con tristeza la senda de los expulsos, para meterse, casi por caridad, en una casica pequeña, techera con el techo de tejavana, cuya finca de cultivo era un secano pedregoso y alacranero que no daba más que espinos y cardos. Entonces mi abuela tomó de la mano a su hijica pequeña y, para que no se muriera de hambre, la llevó a una casona de ricos y la puso a servir. La niña, con doce años, arrancada de los juegos infantiles y de una escuela para pobres en La Ramblilla, tuvo que fregar suelos y limpiar escupideras, recibiendo no mucho más que ‘la comida por la servida’. Para el resto de la familia, mi abuela salía al campo, cogía yerbas, las cocía con agua sola y las ponía en la mesa para comer.

Y ya, continuando con la historia antigua, el Señorito de Canín y Aver era a menudo regalado y agasajado por sus siervos de la mejor manera que estos sabían y podían. Aunque al parecer, el buen Señor tenía sus preferencias. Pues cuando el hermano mayor le llevaba los productos de la tierra y de sus sudores, aquel decía: “¡Bah, déjalos por ahí!”. Cosa que a Canin no le hacía gracia ninguna; lo tomaba como un desprecio y un ninguneo a su persona, ya que eran los mejores tomates, de la variedad ‘óptima’, emparrados con cañas liceras; los mejores pimientos morrones, los más exquisitos higos verdales, con su gotita de miel; marrajicas de oliva mollar chafá y aderezá con hinojo, berenjenas del terreno, melocotones sampedrinos, albercoques pepitos, espárragos, ciruelas de manga de fraile, calabazas chirigaitas, etc. “¡Déjalos por ahí!” –decía el Señorito sin prestar mucha atención. ¡Ni las gracias, que es lo menos!

Pero, ¡ay!, la cosa cambiaba cuando Aver le llevaba una chotica o un corderico lechal. El Señorito se ponía loco de contento, ¡se le hacía la boca agua, vamos!, pues la carne, al horno y con muchas especias, era su plato favorito. “¡A mí que me den carne de cabrito y costillicas tiernas de cordero –decía– y que me quiten lo demás!”.

Entonces Canín empezó a mosquearse y había noches que hasta no podía dormir. Su mujer le decía: “Tú no l’hagas caso; si el Señorito es más carnívoro que vegetariano, pos tú déjalo…”. “Pero es que con mi hermano está a partir un piñón y a mí, ni las gracias” –se quejaba Canín. “¡Anda, tómate un Orfidal y verás qué bien duermes!”. “¡No quiero pastillas!, ¿no te das cuenta que esto no es justo? ¡Tos lo méritos, pa él!; y encima, ayer mi hermano va y me hace una higa al salir de la casa del Señorito, como diciendo: ¡Jdt Canín, que yo tengo más éxito que tú!”. “¡Aaanda, veeenga! –intentaba quitar hierro la mujer–, a ver si te vas a incomodar ahora con tu hermano. Que siempre os habéis llevao muy bien los dos”.

Efectivamente, eran muy buenos hermanos y se querían mucho, y su padre a veces se lamentaba: “¡Ay!, con lo bien que se llevan estos dos hijos, si viviéramos como antes, ellos podrían haber disfrutado de aquel bienestar paradisíaco…”. “¡Por tu mala cabeza!” –le pinchaba en estos casos su mujer. Y él entonces decía: “¡Tú fuiste la que me lio!”. Y ella: “¿Yooo…? ¡La serpiente!”. Y él: “¡Claaaro, la serpiente…! ¡Vamos anda, no me vengas con fábulas…!”. Eran las eternas discusiones matrimoniales para no llegar a nada, salvo que tenían que afrontar una vida más dura, con mucho trabajo y el acoso de enfermedades y dolorosos achaques.

A mi abuelo materno le costó una enfermedad la expulsión por parte de Doña A. F. Sobrevivió unos años, es cierto, arrancando la corteza de la tierra con el azadón y el arado. Pero la rumia de su fracaso le iba comiendo por dentro. Los de los comités y las escopetas se buscaron luego avales de curas y gente de orden y no les pasó nada; y hasta los que habían quemado santos de las iglesias se apuntaron a las cofradías y cargaban, ¡deslomados!, con los tronos procesionales. Una sociedad de pillos y desleales, tanto en unos tiempos, como en los otros. Mi abuelo cayó enfermo y en gastos médicos y medicinas se le fue a la familia lo poco que había medrado, para nada, para llegar al final.

Canín –como decía– no pudo pegar ojo en toda la noche; la cosa es que ya llovía sobre mojado, pues el Señorito se había dado cuenta y le había reprochado, encima, su actitud de enojo con Aver, “…y que alegrara esa cara, ¡hombre! –le dijo–, que el pecado acechaba a los cabreados”. Pero él, todo lo contrario: aquella mañana resolvió el asunto por las bravas: tuvo un encontronazo en el campo con su hermano y lo mató. ¡Ya está! Luego, el Señorito, haciéndose el ignorante (¿sabría él la tela…?), va y le pregunta que dónde estaba Aver. “A ver, Señor –respondió Canín, evasivo–, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.

Muchos años después, ¡lo que son las cosas!, Doña A. F., viéndose al final de su vida desamparada y en la más absoluta miseria, rogó a mi madre (la niña que tuvo que entrar a servir a los doce añicos) que la acogiese en nuestra casa y todas sus posesiones (eran muchas) se las escrituraba a su nombre. Mi madre rechazó la proposición, como Jesús las tentaciones en el desierto. Mi abuelo se hubiera revuelto en su tumba.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email