Todavía no sé las tablas de multiplicar…

Toñy Benedicto

La vida en la Escuela Unitaria pasaba tranquila y plácidamente, sobre todo en aquellas que estaban perdidas en medio de la nada.

Un caserío oculto entre altas montañas, albergaba muchas casas diseminadas que, en otros momentos, fueron el hogar de familias dedicadas principalmente al pastoreo y que ahora alquilaban a las sociedades de cazadores, o como viviendas de aquellas personas dedicadas al cuidado de los bosques de árboles de maderas utilizadas para hacer muebles.

Mientras que unas estaban casi en ruinas, otras se habían restaurado para transformarlas en casas rurales, o servían de hogar para aquellos vivían allí de forma permanente, como el matrimonio que, tras jubilarse, había decidido ir a vivir a la montaña. Don Rafael el Maestro de la Escuela rural, con su familia, que por cierto al tener seis hijos, colaboraba en el aumento de la matrícula. El pastor de ovejas, el guarda del monte, el garitero, un pintor que se había refugiado huyendo de las prisas de la ciudad. Algunas casas permanecían cerradas la mayor parte del tiempo y tan sólo se abrían cuando sus dueños se decidían a pasar un fin de semana largo o durante las vacaciones de la Semana Santa e incluso en verano. El resto se mantenían en pie gracias a las personas que vivían o trabajaban en ese lugar.

Últimamente habían restaurado unas cuantas casas para destinarlas a casas rurales, con su piscina dentro del recinto, la posibilidad de alquilar caballos para pasear, practicar senderismo y visitar las cuevas que hacía poco se habían descubierto y que contenían pinturas rupestres. O simplemente para albergar a aquellos que se dejaban caer por allí para disfrutar de las vistas, el paisaje o para hacer senderismo. Toda esa oferta de turismo rural hacía que se viesen visitantes por la zona, sobre todo los fines de semana.

Para el abastecimiento de los que habitualmente vivían allí, solían ir cada dos días Perico, que llevaba en su furgoneta, pan, dulces, frutas, verduras, aceite, y aquellos productos que se necesitan para cocinar como, harina, sal, vinagre, especias varias. Si algún vecino quería algo en particular, no tenía inconveniente alguno en suministrarlo. Otra persona habitual era Antonio, gracias a su furgoneta frigorífico, era el encargado de suministrar aquellos productos como la carne, pescado, y productos congelados.

El maestro era la persona de más autoridad en el paraje y tenía en proyecto arreglar una de las casas para que sirviera de biblioteca pública.

En la Escuela, había niños de todas las edades, desde los cuatro años hasta los de catorce, algunos se quedaban hasta los dieciséis años, si deseaban seguir estudiando. A estos alumnos el maestro les daba clase en horas fuera del horario escolar, les ayudaba a la hora de hacer las matrículas, y si eran merecedores de becas, también se las gestionaba y los acompañaba incluso cuando debían ir a la ciudad para examinarse.

En esa Escuela, como en todas partes, había chicos y chicas que tenían más interés que otros en aprender. El maestro ante los alumnos que pasaban de aprender y faltaban a las clases, era en los que más interés ponía. En concreto, Juan-Manuel uno de esos alumnos que pasaba de todo, lo llevaba de cabeza, siempre estaba pendiente de él para que estudiara, hiciera los ejercicios, se esforzara por aprender y lo hacía dándole consejos en que, para poder llegar a alcanzar sus metas, debería esforzarse, estar atento en las clases y poner de su parte mucho empeño y atención.

Juan-Manuel, siempre respondía al maestro que le daba igual, que él pasaba de aprender las tablas de multiplicar que, por cierto, se le habían atrancado y no hubo nada ni nadie en el mundo que consiguiera que Juan-Manuel aprendiera las dichosas tablas.

El maestro ya no sabía qué argumentos darle, le dijo que, si quería poner una tienda, si su objetivo era buscar trabajo en el pueblo de camarero, o en una tienda de comestibles, en un supermercado, trabajar de albañil, o de pintor, hacerse cerrajero o bien quedarse en el monte para ser pastor, para todo necesitaba saber por lo menos, leer y escribir correctamente, y hacer las operaciones de sumar, restar, multiplicar o dividir. Para todo ello, necesitaría saber también las tablas de multiplicar. Juan-Manuel, seguía con su discurso de siempre, no quería estudiar ni aprender nada de nada porque esas cosas no le gustaban y además no le interesaban, pues ya se las apañaría para poder vivir sin necesitar de aquellas cosas de la escuela.

Pasaron los años, Juan-Manuel se hizo mayor. Abandonó la montaña y se marchó a un pueblo grande para vivir y buscarse la vida. El maestro también se jubiló y se marchó a vivir al pueblo, precisamente al mismo que Juan-Manuel.

Un día quiso el destino que se cruzasen por la calle. El maestro iba caminando y Juan-Manuel conducía un cochazo de lujo, a toda velocidad, con los cristales de las ventanillas del coche bajados y la música a todo volumen.

Cuando Juan-Manuel reconoció a su maestro, pisó el freno de su coche hasta el fondo, las ruedas chirriaron dejándose escuchar un terrible frenazo, de esos que ocurren en las películas, y que dejó el coche parado en seco. El maestro volvió la cabeza, un poco asustado por el fuerte frenazo, momento en que Juan-Manuel, se asomó por la ventanilla de su coche y le dijo al maestro:

–Don Rafael, yo todavía no he aprendido las tablas de multiplicar, pero tengo un coche mejor que el suyo.

–Pues me alegro mucho. Espero y deseo de corazón, que seas feliz en la vida –respondió el maestro.

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