Pioneros de la industria espartera

Francisco Javier Salmerón Giménez

En la tarde del día 7 de agosto de 1864 sonaron las campanas de las iglesias de Cieza, uniendo su sonido al de la banda de música municipal que había acudido a la nueva estación de ferrocarril para recibir a la locomotora Albacete-Cartagena que realizaba su primer trayecto. Se abrió entonces una nueva etapa económica, pues antes de que la década que había traído el ferrocarril terminara se había instalado en Cieza la primera fábrica de esparto.

El cambio de ciclo económico comenzó con la llegada a Cieza, poco tiempo después, de un ingeniero francés llamado Alfonso Brunet, quien pondría su atención en el esparto, un producto cuyo valor había crecido bastante en los últimos años.

Abundante en los montes, se venía utilizando para facilitar los usos agrícolas, en actividades relacionadas con la casa o para hacer un basto calzado que usaban muchos hombres, las conocidas esparteñas. Pero su elaboración se basaba en la pericia manual a través de la lía con la que hombres y mujeres lo transformaban en cestas o capazas mediante un primitivo proceso de machacado en el que el producto cortado de las atochas era golpeado manualmente con una maza de madera contra la piedra donde se le situaba.

Antes de que comenzara el proceso de industrialización del esparto el único uso de tal carácter había estado relacionado con su utilización en la industria papelera, fundamentalmente británica.

Puede que entre los ciezanos la primera persona que comprendiera el valor que podría reportar el tratamiento fabril del esparto fuera Juan Pérez Martínez, jefe absoluto del partido conservador del distrito electoral de Cieza, en estrecho contacto primero con Antonio Cánovas del Castillo y luego con Juan De la Cierva. Si bien sus comienzos en la industria espartera tuvieron relación con el sistema conocido como domestic system, con obreras que realizaban el trenzado en su propio domicilio.

Luego encontró una importante asociación con Dionisio López, de Valencia, quien requería cuerdas de esparto que cerraran las cajas de naranjas que desde la ciudad levantina partían hacia el mercado europeo tras el aumento de las exportaciones de cítricos. El éxito de las exportaciones valencianas se asoció así al éxito de las fabricaciones de esparto en Cieza.

Posteriormente, Pedro Giménez haría renacer la fabricación de maromas, una iniciativa que sería imitada por otras personas, lo que llevaría a un importante auge de la fabricación.

En ese ambiente de cambio llegó a Cieza Bernardo Haslip Brunton, quien desde ese momento sería conocido como el inglés, con una mentalidad muy distinta de la imperante en la sociedad agrícola ciezana y con una gran capacidad comercial. Una mentalidad que aceptaba el riesgo y el cambio, lo que convertiría a su persona en un imán para otras que buscarían su estela para poder desarrollar sus propósitos. Una de esas personas, crucial en la evolución espartera ciezana, sería Luis Anaya Amorós, quien desde joven sintió una verdadera pasión por la mecánica, por todo lo que se movía sin el esfuerzo muscular del hombre, sintiendo el encanto que podían causar aquellos batanes subiendo y bajando sin que los hombres le dieran impulso. Porque en aquel momento el único avance mecánico realizado había sido el de la incorporación de los batanes al proceso.

Fueron esos los años, los comprendidos entre 1892 y 1894, en los que arribó Brunton para instalar la luz eléctrica en la zona. Luego montaría unos talleres de reparación de maquinaria y tras observar a su alrededor comprendió las posibilidades que el esparto ofrecía, intentándolo también, aunque con poco éxito, con las que podía ofrecer el romero, igualmente abundante en la zona. En ese momento confluyeron los intereses de Luis Anaya y Bernardo Brunton.

Se produciría una proliferación de locales industriales en Cieza. En 1911 contaba con trece, instalados en las afueras de la población: en la Puerta de Madrid, en el camino del Molino y en Bolvax. La Compañía Anónima de Industria y Comercio poseía catorce mazos para picar esparto con máquinas que generaban una potencia de 177.000 Kilovatios. Manuel Lucas Lucas era propietario de dos locales en los que se repartían dieciocho pares de mazos, mientras que otros industriales poseían modestos establecimientos. Es el caso de Mariano Martínez Montiel o de José García Silvestre.

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