De la quijada al kaláshnikov

Joaquín Gómez Carrillo

Cuentan los muy viejos que había una vez un padre y una madre que tuvieron dos hijos. Al primero le llamaron Canín, porque se crio un tanto canijo y hasta tuvieron que ‘darle los perricos’ para que echara la robinera. (Lo de ‘dar los perricos’ era un remedio que hasta no hace muchas décadas se practicaba en nuestra sociedad, en Cieza mismo, sí; yo conozco a alguna persona, ya mayor, claro, que de pequeña se encanijó y tuvieron que ‘darle los perricos’; lo que pasa es que eso no se divulgaba porque causaba un poco de vergüenza. Incluso en el maravilloso libro ‘Platero y yo’, de Juan Ramón Jiménez, en su capítulo de ‘La perra parida’ deja patente que también en Moguer, Huelva, se llevaba a cabo esa costumbre; pues relata de forma dramática cómo a la perra [“…de Lobato”] le quitan los cuatro perricos pues “…Salud, la lechera, se los llevó a su choza de las madres porque se le estaba muriendo un niño y Don Luis [el médico] le había dicho que le diera caldo de perritos”. El asunto consistía en matar perricos de leche, hervirlos bien en un puchero de barro y, con ese caldico, hacerle las gachas a la criatura encanijada).

Bien, pero no perdamos el hilo de la historia. Al segundo hijo, no le habían puesto nombre al principio, pero como cuando empezó a balbucear, solo pronunciaba: “¡A ver…!, ¡a ver…!”, pues le llamaron ‘Aver’. Y Aver para acá y Aver para allá. Cuando estos muchachos se descagazaron y estuvieron en edad de ganarse las habichuelas (por aquel entonces no había escuelas en los campos, y a lo sumo algún maestro ambulante iba por los caminos con una borrica y desasnaba a los zagales a cambio de algo para comer: unos kilos de patatas, un litrico de aceite, una docenica de huevos, etc., que iba metiendo en las aguaderas de pleita de la pollina). Pues cuando empezaron a servir para algo –decía–, se fueron los dos hermanos a buscar trabajo a una gran hacienda. No era la maravillosa hacienda de la cual sus progenitores fueron expulsados un día, que según contaban estos era un edén entre ríos, donde crecía todo tipo de árboles frutales y habitaban pacíficos animales; pero bueno, ellos ya habían nacido en el destierro y, como no conocían otra cosa, se adaptaban a todo.

(A mis abuelos maternos, después de la Guerra, los expulsaron de la casa y hacienda de Doña A. F., en el Ginete, pues el pobre de mi abuelo hizo caso a los políticos de los comités, que daban mítines por los campos y metían en la cabeza a los medieros que “¡La tierra era pa quien la trabajaba, camaradas! ¡Y que nadie llevara esquilmos a los dueños!”. Y para más inri, en el Puente de Hierro habían hecho un ‘zigzag’ de sacos terreros a modo de trinchera o parapeto, por si aparecía un enemigo incierto; pues en las guerras civiles nunca se sabe: el enemigo puede ser tu amigo o hasta tu propio hermano; y los escopeteros del odio estaban allí apostados, vigilando las entradas y salidas. A mi abuela paterna, por cierto, que iba siempre andando, del Madroñal al pueblo y del pueblo al Madroñal, con la carga en equilibrio sobre su cabeza, le echaron un día el alto, cuando portaba un hatillo prieto que pesaría cerca de 20 kilos, pero fue para decirle que esperaban a mi abuelo para que se uniera a ellos. “¡Dile a tu marido que aquí lo esperamos, que tenemos escopetas de sobra pa matar fascistas!”. En el hatillo mi abuela llevaba mantelerías y juegos de cama, bordados con primor por las monjas, que la señorita Doña A.P. le había rogado que se los llevara para esconderlos, pues estaban registrando algunas casas de familias de derechas y arramblando a placer con todo lo que les gustaba. “¡Señorita, qué compromiso…!”, había protestado la pobre de mi abuela. “Tú llévatelos, que a ti no te dirán nada”. Mas los escopeteros no preguntaron por el hatillo: sólo que necesitaban hombres para las escopetas ociosas. Mis abuelos, amedrentados como toda persona de bien, procuraban no hacer acto de presencia en el pueblo, y menos el visitar las casas de los señoritos. De ahí que al terminar la Contienda Doña A. F. tomara venganza y los expulsara con una mano delante y otra detrás, ¡como Jehová expulsó a Adán y Eva del Paraíso!).

Y ya siguiendo con el relato, los hermanos Canín y Aver, que siempre estaban muy unidos y se querían mucho, encontraron trabajo el uno como agricultor y el otro como pastor, que con el tiempo dominaron sus oficios a las mil maravillas. Canín cavaba la tierra con ahínco y embasuraba el suelo para lograr buenas cosechas (el refrán decía: “¡Cava y echa basura, y tira los libros de la agricultura!”). El segundo hermano, Aver, se esmeraba en buscar los mejores pastos para las cabras y las ovejas, que eran todas blancas y mochas (es decir, sin cuernos).

Su padre de estos muchachos era ya viejo, pero como tenía buena madera y la madre aún era fértil, se aplicaron y llegaron a procrear un tercer varón; hijas también habían tenido varias, lo que pasa es que no contaban para las crónicas por ser mujeres. A este tercer hijo varón le pondrían por nombre Pep, que en catalán es Josep. ¡Unos adelantados a su época!, ya que aún no existía el catalán. No existía ni el latín, que vino a ser la lengua engendradora de tantos idiomas, como el portugués, el rumano, el francés o el español, llevado este último a América y al mundo. (Por cierto, ¿sabían ustedes que, tanto los dirigentes, como el clero y como el personal de ciencia, que España enviaba a América, usaban traductores y no obligaban a la población indígena a hablar español, sino que fue después, conforme se independizaban las naciones, que éstas ponían el español como lengua oficial y lo universalizaban a toda la población?). Por lo demás, se cuenta que el padre de Pep tenía tan buena madera que aún vivió 800 años más tras engendrar a su ‘cabico de tripa’, pero que el hombre ya no hacía milagros ni con Gerovital.

(Continuará)

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