Leyendas de Cieza

Francisco Javier Salmerón Giménez

Cuando era un niño, unos chicos mayores me dieron mientras jugaba una gran noticia: en la Atalaya habían escondidas, incrustadas en las rocas, unas espadas maravillosas. Quienes las consiguieran serían invencibles. Una historia con tal fuerza de evocación que nunca la olvidé y que luego supe que no era exclusiva de Cieza, cuyo caso es especial al contar con la Atalaya, convertida en muchos momentos en una montaña mágica que ha dado lugar a la recreación de leyendas como la de las espadas.

O la del tesoro escondido, cuyo significado hay que buscar en el valor real que la población tiene. Puede que no lo veamos a simple vista, porque parezca tan pobre como los habitantes que la pueblan, pero guarda escondido un tesoro que la hace inmensamente rica. Algún día se encontraría y ofrecería el valor de ese pueblo. Cieza guardaba bajo el castillo ese gran tesoro.

A través de la leyenda nos introducimos en los dominios de una historia que si a veces está anclada en lo real, la mayor parte de las veces se escapa de la realidad, introduciéndonos en lo maravilloso, lo fantástico, lo extraordinario… Así, la existencia de la cueva que pondría en comunicación nuestro castillo con el río a través de una cavidad oculta y secreta que permitiría a sus ocupantes descender sin peligro a recoger agua del Segura formaría parte de las leyendas históricas ciezanas, relacionada con las fuentes y con el agua.

Como la leyenda del caballero don Bernardo del Carpio, un general sobre quien cayó un encantamiento divino que, junto a cuatrocientos soldados, lo mantiene cautivo y atormentado en la cueva de los Encantados, de la cual solamente puede salir junto con su ejército en la noche de San Juan, acompañado con una banda de trompetas y tambores que se oye por toda la sierra, pudiendo apreciarse las sombras de aquel ejército que regresa a la cueva con los primeros rayos de luz del amanecer. Quienes esa noche vean una gran señal en el cielo podrán ser testigos de lo que allí acontece.

La preocupación por entender lo que se desconoce dio lugar a relatos breves, como el que tiene que ver con las manchas de la luna: se contaba que representaba a un hombre montado en un burro que llevaba sobre su espalda un haz de leña y al que la luna se tragó, cansada por sus amenazas y maldiciones.

Desde un lugar tan alto como la luna debió descender la ‘Chinica del Argaz’, en un paraje de la huerta tradicional caracterizado por la existencia de rocas desprendidas y en especial una de un tamaño espectacular que irónicamente se conoció como ‘La Chinica’, cuya presencia fue explicada por estar sepultados debajo un labrador y una carreta de bueyes, a los que cogió desprevenidos un derrumbamiento, quizás como metáfora del peligro de desprendimientos de la zona.

Una leyenda sirvió para que un hecho histórico importante quedara fijado en la memoria colectiva: la leyenda de la muda, de la que ya escribimos, recuerda la invasión de tropas nazaríes en abril de 1477.

Una historia dramática ocurrida en la calle Cartas de Cieza en 1902 tuvo el impacto suficiente para pasar a constituirse en leyenda, con la difuminación de sus elementos reales, a pesar de que la prensa local y regional dieron cuenta del proceso. Un espantoso crimen del que fueron víctimas una mujer y su hijo de dos años de edad. Posiblemente la mujer se encontrara agachada sobre el fuego y cayera sobre las llamas, mientras su hijo llorara ante tamaña escena y sufriera otro golpe en la cabeza. Los criminales formaban una banda de maleantes encabezada por un extraño personaje conocido como Encarnación Pascual, quien había planteado dudas sobre su sexo al nacer, aunque se la consideró como niña. Posteriormente su aspecto se fue masculinizando por lo que adquirió el nombre con el que alcanzó funesta fama y con el que moriría en la cárcel.

Es muy probable que fuera la última leyenda ciezana pues la alfabetización de la sociedad parece ir en contra de la creación de estos relatos en los se mezclan los hechos realmente ocurridos con añadidos fantásticos en una simbiosis que hace difícil su separación.

(Francisco Javier Salmerón: ‘Leyendas y tradiciones populares de Cieza’. Revista Andelma, n.º 29).

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