La madre pródiga

Joaquín Gómez Carrillo

Refería yo en mi anterior artículo que en percatándose Fielfillo, el hermano mayor, de las trazas que tenían las nuevas amistades o ‘coleguillas’ de Golfelio (el hijo pródigo por antonomasia), alertó a su padre diciéndole que quizá estaba obrando con excesiva generosidad

–Yo también tengo amigos y nunca los he agasajado a costa de nadie –se quejó Fielfillo con franqueza–. Recuerde usted, padre, que a mi hermano ya le entregó su parte de la herencia cuando se marchó y ahora sigue pidiéndole más dinero para juergas.

Pero Prodiginio, que en su naturaleza era padre pródigo y no sabía ser de otra manera, se permitió entonces regañar a Fielfillo:

–No quiero que sientas envidia de tu hermano –dijo un tanto severo–. Pues ya sabes que todo lo que es mío también es tuyo. Y Golfelio, mi amado hijo, estaba perdido y ha sido hallado, estaba muerto y ha resucitado… –Y para remachar le recordó que según la Biblia, Caín había matado a su hermano Abel por causa de la envidia (“La envidia de la virtud…”, que diría luego el poeta).

Pero pasaban las semanas y los meses desde su regreso y el hijo pródigo no daba ni clavo en la hacienda. Lo suyo era vivir del cuento y no cumplir en absoluto las promesas hechas a sus progenitores, pues últimamente había dado también en sacarle a su madre todo lo que podía. Luego, en la taberna, reía con sus amigos, que eran de su mismo jaez, “¡Al viejo y al bancal, lo que se les pueda sacar!” –decía. Mas su padre, temeroso de la reacción que pudiera tener Golfelio, no se atrevía a regañarle ni darle consejo; es más, consentía y otorgaba sus exigencias.

Un día en que Prodiginio y su esposa Saray estaban ausentes, pues se habían desplazado al mercadillo de otro pueblo para proveerse de algunos enseres, llegó a la casa un coche oficial con cuatro guardias armados, preguntando por un tal Golfelio. Le cogieron codo con codo y se lo llevaron al cuartelillo, con la acusación de un delito mayor.

Su hermano indicó a los trabajadores presentes que no dijeran nada sobre aquello, ya que la madre, algo delicada a causa del estrago sufrido cuando el hijo se marchó y estuvo tres años sin dar señales de vida, podría sufrir un quebranto serio de su salud con este nuevo asunto.

Fielfillo, sin embargo, se presentó en los juzgados, donde habían conducido al desdichado de su hermano. Allí se enteró de que existía una querella contra Golfelio, por ultraje a una menor y por agresión en una pelea con navaja. No obstante, el juez dictó prisión eludible bajo fianza, y cuya cantidad de dinero se hizo cargo de reunir el hermano sin que se enterasen los padres, pues estos eran personas de buena reputación, sin mácula en su conducta, y sentirían la noticia como una afrenta familiar.

Daba la casualidad que desde hacía bastantes años, Prodiginio cumplía generosamente con una costumbre del lugar, que consistía en entregar por mayo una cordera al pastor, además de su salario y la mantenida. De modo que el otro había reunido una buena cantidad de ovejas propias (su número aumentaba además por la reproducción de las mismas), las cuales careaba en el propio ganado de la casa.

Y daba la coincidencia de que a Fielfillo le respetaban y admiraban los trabajadores de su padre, pues siempre era el primero en madrugar por las mañanas y jamás eludía tarea alguna junto con ellos. No obstante, y aunque como bien le decía Prodiginio que “todo lo del padre era del hijo”, en realidad nada poseía legalmente el muchacho para disponer a voluntad, a diferencia del pastor, que sí contaba con su puntica de ovejas propias.

–Sácame de este apuro –le pidió Fielfillo a aquél–. Pues necesito de un dinero que no tengo. Yo te recompensaré con creces cuando sea dueño de mi parte de las tierras y los ganados.

Así que el muchacho endeudó su palabra con el pastor sin que el padre se enterara. Llevaron las ovejas de este a un marchante y con el dinero, Fielfillo pagó la fianza para que Golfelio pudiera volver a la casa aquella noche, donde Prodiginio lo mantenía a su derecha en la mesa.

Como las cosechas vinieron malas aquel año, los bancos reclamaron en balde los pagos del préstamo (el que el hombre se había visto obligado a obtener hipotecando su casa y hacienda para afrontar las deudas de Golfelio con el hampa). De manera que otro día se presentó una autoridad judicial notificando el embargo de los bienes en prenda: la casa familiar y la tierra.

Prodiginio aquella noche, en la alcoba, donde se hablan los secretos más íntimos de la pareja, avergonzado preguntó a su esposa Saray que dónde tenía alzado aquel collar de oro y brillantes de la dote de su boda, por si bastaba su empeño para afrontar parte de los pagos al banco. Entonces ella, hundida y rota, confesó al marido que tiempo ha ya lo había llevado en secreto al Monte de Piedad, para que Golfelio adquiriese de matute los costosos medicamentos que tomaba por la nariz.

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