El consejo del alumno

Toñy Benedicto

Un día llegó una vecina nueva al edificio y naturalmente le dimos la bienvenida con una taza de café. Esa tarde hacía un poco de fresco y nos pusimos en el zaguán de la entrada, por lo que estábamos situados entre las dos cancelas, la de la entrada y la del patio, que naturalmente mantuvimos cerradas. Aquel espacio le gustó bastante a la nueva vecina que hizo muy buenos elogios del lugar. Esa tarde, doña Margarita, que así se llamaba, llevó la voz cantante de la tertulia y nos contó una experiencia que tuvo cuando trabajaba de Maestra en una Escuela de Primaria.

Comenzó su historia recordando aquella época en que los actores fumaban en las películas, y mostraban cara de satisfacción al hacerlo. Cuando todo el mundo fumaba en los bares y cafeterías, en el hall de los cines, en la casa delante de los niños y bebés, en el interior de los coches, en el autobús, y hasta dentro de las aulas en los colegios y todo tipo de centros de enseñanza. Esos años en que había incluso locales especiales para fumadores y en los palacios y casas señoriales solía haber una sala especial para fumar. En fin, cuando en todas partes se podía fumar y estaba muy bien visto.

Luego nos recordó aquellos años en los que empezaron a verse las consecuencias que el fumar tenía en contra de nuestra salud y la cantidad de enfermedades que provocaba, entre ellas el cáncer de pulmón que causó la muerte a muchísimas personas. Seguidamente pasó a rememorar aquellas campañas publicitarias en contra del tabaco en todos los medios de comunicación social, prensa, radio, televisión, vallas publicitarias, carteles, incluso en los paquetes de cigarrillos se puso la advertencia, “fumar mata”.

Poco a poco –continuó doña Margarita con su disertación– aquella idea fue calando y comenzó una época en la que fumar ya no estaba bien visto. Todo aquello se hizo con el ánimo de que abandonáramos, de una vez por todas, el hábito/vicio de fumar. Hubo muchas personas que se negaron a cumplir la nueva normativa, como ocurre siempre que llegan ciertos cambios revolucionarios y que a la larga son un bien para todos.

Algunos de esos anuncios fueron tan agresivos que te helaban el corazón. Sirva de ejemplo aquel en el que se veía el esqueleto de una persona adulta, casi a tamaño natural que llevaba debajo una leyenda que decía: “Fumar, adelgaza”. Ese cartel estuvo, sobre todo en los espacios escolares, pues los niños y jóvenes eran una presa fácil para iniciarles en el hábito/vicio de fumar. También hubo un anuncio que te hacía pensar un poquito. Era aquel que rezaba “No quemes tu salud”.

Al mismo tiempo llegaron las prohibiciones de fumar en locales cerrados y públicos, como los bares, restaurantes, cafeterías, en las Escuelas y todo tipo de centros educativos. Como anécdota nos dijo que ella era fumadora y que solía fumar también en el colegio, siempre en la sala de profesores y que nunca lo hizo en el aula, pero que, si tenía guardia en el recreo, de vez en cuando, se fumaba un cigarrillo porque estaba al aire libre.

El caso es que siguió con su historia y nos contó que tenía un alumno de esos que son muy revoltosos y te llevan de cabeza. Que nunca se habría imaginado –y esto lo recalcó con mucho orgullo– que ese alumno podría ser capaz de dirigirse a ella, o a cualquier otra persona, para recordarle, con inteligencia y educación que fumar no era bueno para ella.

Una mañana –nos dijo– tenía turno de vigilancia durante el recreo y me puse en una esquina del patio central. Después de tomar el bocadillo, encendí un cigarrillo. Me encontraba fumando tan tranquila, mientras vigilaba y tomaba el sol, cuando, Antonio-Miguel, –el chico que nos llevaba de cabeza a todos los maestros– se acercó hasta donde yo me encontraba, se puso a mi lado y como quien no quiere la cosa me dijo casi al oído, para que nadie se enterara, “señorita, no queme su salud”.

Aquella frase me llegó hasta el alma, me sentí un poco avergonzada, aunque muy orgullosa, al ver que aquel chico, no era tan cabeza loca como pensábamos y estaba segura que, con el tiempo, llegaría a ser una gran persona. Aquel momento marcó un punto de inflexión en mi vida. Abandoné el tabaco para siempre.

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