Trabajo que tengas…

Toñy Benedicto

Antonio era el menor de una familia de cuatro hijos. Su padre trabajaba como agente comercial de bebidas, quesos, embutidos y siempre estaba de viaje. Su madre, además de ama de casa, se ayudaba como costurera y acudía a las casas de las señoras que requerían de sus servicios, para arreglar vestidos en horario de tarde, una vez que tenía su casa atendida. Antonio era también un chico muy emprendedor y trabajador.

En verano, cuando tenía vacaciones escolares buscaba trabajo para sacarse unas pesetillas y así evitar pedirle a sus padres dinero durante el invierno. Todo lo que ganaba lo guardaba en una hucha que rompía cuando comenzaba el curso escolar. Tras contar todo lo que había ganado, hacía montoncitos repartiendo el dinero para que le llegara hasta final de curso. No obstante, durante las vacaciones trimestrales, siempre buscaba algún trabajo, el caso era no tener que pedir dinero en su casa, porque sabía que sus padres siempre iban un poco al límite en su economía familiar.

Trabajaba en todo lo que le salía, limpiando coches, de camarero en un restaurante, cargando camiones de fruta que iniciaban su viaje por la noche, sirviendo copas en los pubs los fines de semana. Estaba siempre dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudar en casa, y a los amigos que lo necesitaran en sus estudios, cuando tenía vacaciones.

No le importaba la cantidad de horas de trabajo, pero tenía una debilidad y es que era un dormilón y había que insistirle mucho para que se levantara. Esa era la razón por la que siempre buscaba aquellos trabajos que se realizaban a partir de media mañana. Prefería trasnochar a tener que madrugar.

Durante el curso escolar se dedicaba en cuerpo y alma a estudiar. Una vez que terminó el bachiller y tuvo que marcharse a la capital para poder estudiar su carrera, si podía elegir el horario, siempre optaba por aquel en que las clases eran por la tarde. El madrugar era su talón de Aquiles.

El primer año de su carrera, estuvo viviendo en casa de unos tíos, por parte de su padre. Llegaba los lunes y volvía a su casa los viernes después de las clases.

Tuvo suerte y consiguió tener un horario de tarde, entraba a las 15:30 y finalizaba a las 19:30, por lo que las mañanas las dedicaría para estudiar –pensó. Sin embargo, se acostumbró a estudiar por las noches y con esa estrategia no tenía ninguna necesidad de madrugar y podría quedarse en la cama hasta las diez de la mañana, que era lo que le gustaba.

Su tía, que no sabía que dedicaba las noches a estudiar, y que se acostaba pasadas las cinco de la mañana, una vez que había hecho todas las tareas del día siguiente, estaba muy preocupada pensando que, al levantarse tan tarde, el chico no dedicaba el tiempo suficiente para estudiar y poder aprobar el curso. Antonio, por su parte, nunca le dijo que estudiaba por la noche, pues no quería que, al enterarse, le prohibiera estudiar a esas horas, por eso de que corría el contador de la luz. La pobre mujer, que se preocupaba en demasía por su sobrino, cuando daban las diez de la mañana y veía que todavía no se había despertado, comenzaba a llamarlo insistentemente. Unas veces lo hacía a voces, –¡Antonio despierta!, en otras ocasiones abría la ventana para que entrara el sol, momento en que Antonio se tapaba la cabeza con las mantas al mismo tiempo que le decía –¡por favor, déjame dormir un ratito más!

Su tía no podía soportar aquella pereza del sobrino y tras haber intentado varias veces que se despertara, al final, cuando se quedaba sin recursos, siempre optaba por dejarlo dormir hasta que a él le diera la gana de levantarse.

Antonio siempre tenía puesto su despertador para que sonara a las 11:30 h y cuando salía de la habitación con los ojos pegados, después de haber soportado la tenacidad de su tía, llamándolo para que se levantara durante dos largas horas, siempre le decía –¡eres la persona que más quiero en este mundo, porque te preocupas por mí!

Después la abrazaba y besaba, le hacía carantoñas y terminaba rogándole que por favor le dejara dormir, que él necesitaba dormir muchas horas, si quería ser persona el resto del día. Ante eso, su tía claudicaba y terminaba diciéndole –menos mal que eres zalamero y cariñoso, y eso te salva de que no te eche cada mañana un vaso de agua por la cabeza. Al final terminaban los dos riéndose.

Una mañana cuando la señora tía intentaba, como todos los días, que Antonio se despertara temprano, al no conseguirlo, se rindió ante la evidencia de que era imposible, pero en esta ocasión, cuando el chico salió de su dormitorio dispuesto, como todos los días, a abrazar a su tía y decirle lo mucho que la quería, ésta le arrojó la siguiente maldición: –¡Trabajo que tengas y no te falte nunca, pero que sea de madrugar todos los días!

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