El saqueo francés de Cieza

Francisco Javier Salmerón Giménez

En julio de 1812 el duque de Wellington, quien lideraba un conglomerado de fuerzas predominantemente inglesas, pero también hispanas y portuguesas, aprovechó el empeño de Napoleón en Rusia y tomó la iniciativa militar, dirigiéndose hacia la ciudad de Salamanca. El resultado de la batalla de Arapiles fue una completa victoria de los aliados, emprendiendo los franceses un movimiento de retirada: José Bonaparte retrocedió hacia Madrid, abandonándola el 10 de agosto.

Por ello el ejército francés de Andalucía, mandado por el mariscal Soult, recibió la orden de reunirse en Valencia con José I y el ejército del Centro para conseguir una reordenación estratégica con que recuperar Madrid. Soult debía evacuar sus fuerzas y replegarse hacia Valencia, lo que hizo mediante una retirada ordenada. Aunque en su desarrollo los bandoleros del Sur, como los denominaban sus propios compatriotas, continuarían con su indisciplina y con las prácticas de rapiña que ya habían puesto en práctica en Sevilla, acompañadas de un intento determinado de destrucción total de todo lo que encontraban a su paso. Un camino que algunos emprendieron acompañados de las últimas obras de arte robadas, protegidas por una multitud de entre 45.000 y 50.000 personas en el momento en que terminaron de afluir todos los que abandonaban Andalucía, en su gran mayoría militares franceses, pero también muchos españoles que habían colaborado con ellos, las mujeres que iban con unos u otros y un número indeterminado de prisioneros.

Formaban una enorme columna humana que se movía con lentitud. Un inmenso tren de carruajes cargado de obras de arte que llegó a Granada el de 3 de septiembre y diecinueve días después al Reino de Murcia. Desde Cieza la veían acercarse como un torrente devastador, expresión que utilizaron los regidores ciezanos para referirse a su temible e imparable llegada.

El saqueo francés de Cieza tuvo lugar los días 29 y 30 de septiembre y 1 de octubre de 1812, cuando el ejército francés invadió la población y sus campos labor. Hasta Cieza y Abarán llegó una división del ejército francés, pues el grueso del ejército continuó en la Venta del Olivo la dirección de Jumilla.

En el campo se dedicaron a la devastación de trigales, ganados y animales de labor, consumiendo lo que necesitaban y destruyendo lo que no podían transportar. Y en el casco urbano de Cieza rapiñaron en los templos, buscando objetos de valor utilizados para el culto religioso, y realizaron una meticulosa búsqueda en las casas particulares donde arruinaron muebles y destruyeron las propias casas en búsqueda de las personas que pudieran tener dinero u objetos de valor que añadir al botín que venían acumulando desde Sevilla, Granada o Córdoba. La cruel devastación en los días pasados que hizo la onerosa pública invasión de los franceses… señalaron las actas capitulares.

Saquearon el Archivo municipal: los vecinos hallaron después documentos esparcidos por todo el pueblo.

De la Iglesia ciezana de la Asunción robaron buena parte del ajuar litúrgico, y por tanto de las Cofradías, según una visita diocesana posterior: “Su edificio se conserva sólido, aunque poco provisto de ornamentos y vasos sagrados porque en aquella iglesia los franceses se entregaron a un gran pillaje”.

De la iglesia de San Joaquín se llevaron todo lo que consideraron de valor. Destacó allí la acción del predicador franciscano fray Pedro García, quien moriría unos días después a causa de la fiebre amarilla que contrajo por asistir a contagiados.

Porque los franceses encontraron en Cieza algo que no esperaban: la fiebre amarilla, que junto con las pertenencias y los víveres de los ciezanos se llevaron consigo, pues la enfermedad se propagó rápidamente entre la columna, cuyos responsables habían conocido que se extendía por Jumilla al tiempo que asolaban Calasparra, estableciendo un cordón de tropas que impidiera su propagación al conjunto del ejército. El soldado francés Apollinaire escribió en su diario que los habitantes de Jumilla estaban protegidos del azote de la guerra por el azote de la peste. En su visión destacaban banderas negras ondeando en los campanarios de las iglesias jumillanas, lo que llevaría a Soult a tomar la decisión de esquivar la población y continuar su marcha hacia Valencia.

(Francisco Javier Salmerón: La retirada francesa de Andalucía. Violencia, expolio y robo de L’Armée du Midi en Espagne por los caminos de Andalucía y Murcia en 1812).

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