El hijo pródigo

Joaquín Gómez Carrillo

Cuentan los muy viejos –decía yo en el artículo anterior–, que después de tres años por esos mundos de dios, dilapidando la fortuna que había recibido de su padre en concepto de herencia, el hijo pródigo, cuyo nombre era Golfelio, regresó al hogar paterno cuando menos lo esperaban.

Venía descalzo y con las ropas hechas jirones, y en su cara se pintaba la extrema pobreza y el abandono físico de la persona. Prodiginio, su padre, lleno de alegría, salió corriendo a recibirle a mitad del camino y lo estrechó entre sus brazos. Entonces el muchacho, hambriento y sucio, con las orejas gachas se humilló ante el hombre.

–Padre, no merezco que me recibas como hijo –pronunció lloroso Golfelio, sin atreverse a levantar la vista del suelo–. Trátame si quieres como al más humilde de tus criados, dame de comer un mendrugo de pan y déjame dormir en la pajera, y, a cambio, trabajaré la tierra o cuidaré de los puercos como el último de los servidores de tu casa, pues he faltado contra Dios y contra ti. (Hablaba para que así se cumpliera lo que está escrito).

Prodiginio, sin embargo, lo abrazó lleno de amor y le dijo que se sentía la persona más feliz del mundo, pues el hijo perdido había sido hallado, estaba muerto y había resucitado, etc. Seguidamente mandó que le dieran de comer buenos alimentos, que lo vistieran con ropas del mejor paño y le preparasen el lecho más confortable de la casa. Además, al día siguiente, mandó sacrificar un becerro cebado de los corrales y ofreció un suculento banquete, escanciando en la mesa el mejor vino de sus tinajas.

–¡He aquí! –proclamó el padre ante los invitados–, mi hijo amado que creí muerto ha vuelto a la vida; lo creí perdido y lo he reencontrado…

Pero cuentan también los viejos que entonces Fielfillo, el hijo mayor, sorprendido por tal explosión de generosidad y amor paterno, se quejó en privado a su padre diciéndole que a él, que siempre había sido obediente y había trabajado sin rechistar, nunca le hizo una fiesta en su honor, mientras que al tarambana del hermano, encima de haber derrochado y malgastado la mitad del capital paterno, le montaba aquella comilona.

–¡Válgame dios, hijo mío! –le respondió su padre–, no seas envidioso. Tú estás siempre aquí y nunca te has apartado de esta casa, y todo lo mío es tuyo, pero tu hermano, que hemos estado tanto tiempo sin saber nada de él, ha vuelto arrepentido de sus acciones.

–Bueno… –dijo Fielfillo–, sea como usted dice, padre.

Al día siguiente de la fiesta, Golfelio no se levantó de la cama a la misma hora en que lo hacían su hermano y los demás obreros para engancharse a trabajar en la finca, sino que lo hizo casi al medio día, más bien para encaminarse directamente a la mesa, en la que el padre lo colocó a su derecha, colmándolo de atenciones. Y así ocurrió por periodo de una semana. Mas el bueno de Prodiginio entendía que ese hijo debía descansar y reponerse físicamente de sus calamidades vividas.

Algunos días después, el muchacho confesó a su padre un temor que le acobardaba en gran manera, y era que durante el tiempo que había estado viajando de un lugar a otro, enviciado en tabernas y prostíbulos, y en compañía de gentes de mal vivir, se había metido en asuntos de juego de cartas y otras cosas peores, y había adquirido grandes deudas, que ahora ciertos fulanos del hampa vendrían a reclamarle muy en serio.

–Por eso no sufras hijo mío, yo afrontaré los pagos por ti y quedarás libre de compromiso –le consoló el padre, pues él era persona honrada y no iba a dejar que su hijo se viese acosado o humillado por los acreedores. Y aunque las deudas eran enormes, el padre las liquidó vendiendo parte de sus ganados y aun pidiendo un crédito bancario bajo hipoteca de la casa familiar y la hacienda, en espera de pagarlo con las próximas cosechas.

Otro día, Golfelio, que continuaba sin dar golpe, se dirigió a su padre para pedirle que le concediera cierta cantidad de dinero, porque unos amigotes o ‘colegas’ que se había echado en su periplo ruinoso, iban a venir a visitarlo y él quería ofrecerles una excelente hospitalidad.

–Te lo devolveré con creces, Padre –prometió Golfelio–; trabajaré en tu hacienda de sol a sol y sin descanso.

El padre buscó en el doble fondo de un arca antigua, donde tenía guardadas monedas de plata de los últimos reyes, y le entregó unas cuantas con la generosa advertencia de que no hacía falta que se las devolviera, que creía en su buen propósito de trabajar junto a su hermano Fielfillo (aunque en realidad todavía no se había estrenado desde su ‘llegada pródiga’).

El hijo mayor, viendo al otro día las trazas de aquellas gentes, alertó al padre de que quizá estaba obrando con excesiva generosidad, pues él también tenía amigos y nunca los había agasajado a costa de pedirle dinero. Cosa que Prodiginio entendió como una actitud envidiosa la de Fielfillo, y así se lo vino a reprochar con cierta severidad.

(Continuará)

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