Los últimos moriscos llegan a Cieza

Francisco Javier Salmerón Giménez

El 18 de diciembre de 1613 el conde de Salazar firmó en Cieza un auto acordado en el que disponía los términos que debían cumplirse para la expulsión de los últimos moriscos que todavía quedaban en tierras españolas, aquellos que habitaban el Valle de Ricote, por cuanto los residentes en otros lugares habían salido ya en los meses o años anteriores.

Se había impuesto en el Consejo de Estado el criterio del bando rigorista gracias al voto del cardenal de Toledo e Inquisidor general, mientras los mudéjares del Valle de Ricote, “dejados a su suerte, en horas angustiosas y terribles, con desesperación en su voz y ojos, tendieron sus súplicas a Dios en terribles sacrificios y penitencias” (Francisco Javier Flores Arroyuelo: Los últimos moriscos, Valle de Ricote, 1614, obra que seguimos).

El ejército mandado por Salazar ocupó las dos entradas al valle, por Archena y por Cieza, mientras los expulsados debían reunirse en la población en que viviesen. Se les permitía vender sus bienes, comprados a bajo precio dado el poco tiempo que dispusieron para realizar las ventas. Los representantes de las principales oligarquías murciana y cartagenera se presentaron directamente para realizar excelentes negocios. Aunque algunas ventas quedaron camufladas entre familiares y sacerdotes para poder ser recuperadas en caso de regreso.

Fray Marcos de Guadalajara nos describe los últimos momentos de las personas que abandonaban la tierra que los había visto nacer y nos dice que para evitar el rigor y la crueldad, los niños y niñas menores de ocho años que sus padres quisiesen dejar “con cristianos viejos de satisfacción” podrían quedarse, también los ancianos incapaces de resistir el viaje. Se exceptuaron a profesos y las casadas con cristianos.

Los del valle comenzaron a salir el 13 de diciembre, después les seguirían con orden las otras villas y pueblos hacia los puntos de concentración señalados, entre ellos Cieza, camino de Cartagena donde esperaban las galeras reales, lugar al que fueron llegando a partir del día 19 y al que acudieron también compradores que se hicieron con fincas donadas a conventos de Moratalla, Cieza, Jumilla o Murcia al poder revocarse algunas escrituras concedidas antes.

Durante el mes de enero de 1614 todos aquellos que no habían conseguido huir fueron entrando en las galeras mandadas por el príncipe Filiberto de Saboya, así como en otros navíos fondeados en el puerto, camino de Génova, Liorna, Nápoles, Argel… Aunque muchos de los que llegaron a Mallorca todavía abrigaron la esperanza de poder quedarse en la isla.

La expulsión definitiva de los últimos mudéjares españoles supuso un alivio para el poder en su objetivo de imposición de una política centralizadora y de unidad en un momento de expansión de fuerzas enemigas como el imperio turco. Mientras, el nombre de Ricote aparecería como símbolo de la desgracia: así lo tomó Cervantes cuando le dio ese nombre al morisco que se encontraron don Quijote y Sancho.

Desde el siglo XIII, tras la anexión de Murcia a la corona de Castilla, muchas poblaciones quedaron deshabitadas, pero las pertenecientes al Valle de Ricote consiguieron un perfecto equilibrio con el poder señorial de la Orden de Santiago, construyendo una especie de recinto de supervivencia de las maneras de vivir musulmanas, aunque recibieron la atracción del vecino reino de Granada. En abril de 1477 cuando el rey granadino entró en Murcia destruyendo, robando y haciendo cautivos, muchos mudéjares del valle partieron con él, aunque buena parte de ellos solicitó después volver para seguir cultivando sus tierras de regadío como auténticos horticultores.

Y durante mucho tiempo mantuvieron sus antiguas costumbres. Así, entre las fiestas prohibidas eran famosas las de los alaceres o alerces que se hacían en septiembre entre huertas de vides y viñedos entonando cantos de amor o anexires al son de la música de panderos o adufes, sonajas, atabales, añafiles, flautas o dulzainas y bailaban la zarabanda y la zambra.

Ello a pesar de la lenta pero constante aculturación: en el momento de la expulsión a los mudéjares jóvenes apenas se les notaba el ‘tonillo’ característico al hablar castellano, no siendo así en los mayores de cuarenta años.

Podemos imaginar el drama que supuso su expulsión, considerando además que muchos de ellos no consiguieron superar las condiciones del viaje.

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