Las faldas de su madre

Toñy Benedicto

Esa mañana tocaba corregir las redacciones de los niños. Cada uno leería en voz alta la suya, mientras el resto escuchaba atentamente y los fallos o faltas de ortografía se iban escribiendo en la pizarra y explicando el porqué de las faltas que había cometido, así como su significado. Uno por uno y por orden de lista comenzaron a leer.

Finalmente le tocó el turno para leer su redacción a Paquito, un niño muy vivaracho que estaba siempre atento a cualquier cosa que ocurriera en la clase.

La redacción de Paquito trataba de un niño a quien su madre no le había dejado hacer un experimento que la maestra les había enseñado en clase, porque era muy peligroso pues tenía que realizarlo con fuego. Del disgusto que se llevó comenzó a llorar amargamente y no había forma de consolarlo. Su madre le aconsejó que escribiera una historia en lugar de hacer experimentos. El niño se quedó cavilando acerca de cuál sería el tema de la historia. Tras unos minutos de estar pensando decidió contar lo que le había ocurrido con su madre, así sería más realista y estaba seguro que la maestra le pondría muy buena nota por la gran imaginación que había demostrado.

La redacción decía así:

“Érase una vez un niño muy trabajador y estudioso a quien le gustaba hacer los deberes que le mandaban en el colegio.

Un día la maestra les dijo a sus alumnos que debían hacer un experimento en casa y que necesitarían usar el fuego, porque de lo contrario no les saldría bien.

Les pidió encarecidamente que deberían tener mucho cuidado porque con el fuego podrían tener un problema muy serio.

A pesar de todo su interés, no pudo hacer esos deberes pues su madre, erre que erre, no le dejó y para hacer más fuerza le echó una sarta de mentiras del tipo de, –que le iban a poner un cero, que la maestra lo iba a castigar sin salir al recreo, que todos los compañeros se iban a reír de él y le dirían que era un gandul y además la maestra le diría que todas las excusas se las había inventado para no hacer los deberes.

La redacción, que hasta ese momento estaba muy bien escrita, continuaba de la siguiente manera.

Cuando la madre del niño leyó aquella redacción le recriminó diciéndole que había escrito muchas tonterías y sin pensarlo le arrancó la hoja de la libreta y la rompió, –así aprenderás a no decir mentiras y mucho menos a esconderte detrás de tu madre

  –le dijo con voz amenazante. Como último recurso, el niño rompió a llorar de forma desconsolada y sin pensarlo, se agarró a la falda de su madre y comenzó a tirarle con tanta fuerza que a punto estuvo de romperle el bajo de la misma. La madre empezó a reñirle y entre la madre y el hijo se organizó la marimorena. Mientras el niño tiraba de la falda de su madre, la señora intentaba agarrarle la libreta para romperle la hoja en la que había escrito la redacción, diciéndole sin parar que, eso que había escrito no le gustaba y que o arrancaba la hoja y hacía una redacción nueva y diferente o se quedaba castigado sin salir con los amigos durante una semana”.

La redacción terminaba de la siguiente manera:

“El niño cuando vio que se estaba jugando su tiempo libre, no lo pensó dos veces, fue directo hacia su madre, se agarró a su falda y del tirón tan fuerte que le dio terminó rompiéndole el bajo. Su madre tampoco lo pensó dos veces, agarró la libreta y, también sin pensarlo dos veces, arrancó las hojas escritas con la redacción, y las rompió”. Firmado Paquito

Una vez hubo leído Paquito su redacción, la maestra le dijo que, estaba muy bien escrita, pero había cometido varias veces la misma falta. Paquito se extrañó muchísimo pues la había corregido en su casa junto con su madre.

La maestra se puso de pie delante de la pizarra. Rogó a todos los niños que estuvieran muy atentos y prestaran atención pues era importante que no olvidaran nunca lo que les iba a explicar.

–Escucha Paquito –comenzó la maestra su explicación –has repetido en varias ocasiones la misma falta. Has dicho que el niño “tiraba de la falda de su madre” y que “había agarrado la falda de su madre”. El problema está en que no se dice la falda de su madre, sino las faldas de su madre. En ese punto, los niños quedaron muy extrañados y todos dijeron que su madre siempre se ponía una sola falda.

La maestra, sin pensarlo dos veces, se pudo delante de la pizarra y sin mediar palabra se levantó la falda de cuadros que llevaba puesta y contó “una”, después se levantó el forro de la falda de cuadros y contó “dos”, y para finalizar se levantó la combinación que llevaba debajo de su falda de cuadros y contó “tres”.

A continuación, siguió con su extremada y plástica explicación, de la siguiente manera: por eso no se dice “el niño se agarró a la falda de su madre” sino que se dice “el niño se agarró a las faldas de su madre”, porque las mujeres solemos llevar entre dos y tres “faldas”, es decir la combinación, el forro y la falda.

Los chicos la observaban con los ojos abiertos como platos.

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