El padre pródigo

Joaquín Gómez Carrillo

Cuentan los muy viejos que había una vez un hombre llamado Prodiginio, que tenía dos hijos varones. El mayor, siempre junto a su padre, trabajaba la tierra de sol a sol y cuidaba de los animales de la granja familiar. El menor, a decir verdad, nunca le tuvo mucho apego al trabajo y andaba más bien haciendo el vago, exigiendo dinero para irse de parranda y dando algún que otro disgusto; pues a veces, los propios amigotes lo tenían que traer a casa perjudicado por los excesos etílicos o por otras sustancias, asunto que sus progenitores ocultaban con la mayor discreción.

Un día en que el padre se atrevió a afearle su conducta holgazana y darle sabios consejos sobre la conveniencia de hacer estudios o aprender un oficio, si es que no le gustaba la vida del campo, Golfelio, que así se llamaba el muchacho, le contestó de una manera sorprendente y un tanto inadecuada, demasiado explícita.

–¡Estoy harto de tus monsergas y me quiero marchar lejos de esta casa y de este pueblo de m.! Pues ya tengo dieciocho años y, según la constitución, soy libre de hacer lo que me dé la gana.

El hombre, algo apenado por la súbita decisión del que siempre fuera su hijo predilecto, y siendo un padre pródigo, quiso entregarle cierta cantidad de dinero con el fin de que pudiese subsistir dignamente mientras no encontrara alguna forma de ganarse la vida, allá donde fuese.

–¡De eso nada! –respondió tajante Golfelio–. Quiero que me des toda mi herencia que me pertenece, pues no pienso volver por aquí nunca.

Prodiginio, sorprendido por aquella desmesurada exigencia, pues no es lógico ni razonable el pedir el adelanto de una herencia en vida, ya que el acto de heredar se produce en caso de muerte (por ‘mortis causa’, según los leguleyos), le dijo que iba a consultarlo.

–¡Vale! –apostilló el chico–, pero no te enrolles mucho, viejo. Quiero la mitad de todo lo que posees, ¡y la quiero ya!

El padre llamó a su otro hijo aparte y le expuso la grave situación.

–Mira Fielfillo –que era el nombre del otro muchacho–, Golfelio quiere marcharse lejos, a correr mundo, y me ha reclamado la mitad de mis bienes en adelanto de la herencia que le correspondería.

Fielfillo, que por encima de todo era prudente y buena persona, respondió entonces al padre que obrara según su conciencia, que por su lado no iba a plantear objeción ni impedimento alguno.

–Si mi hermano reclama su parte de la herencia, por mí puede usted entregársela; de todas formas, si él ha dicho que jamás volverá, veo justo que se lleve lo que en su día pudiera heredar.

El padre ya no necesitó obtener la conformidad de la esposa, pues la suya era una sociedad machista y patriarcal, en donde la mujer casada, y tratándose de asuntos económicos de la familia, era poco más o menos un cero a la izquierda. Así que en los días siguientes el hombre hizo las gestiones oportunas para liquidar la mitad de todos sus bienes: casas, tierras, ganado, enseres y otros derechos que poseía. De resultas consiguió una buena cantidad de dinero, que con mucha tristeza entregó a Golfelio en una maleta de cuero. También la madre, con el corazón roto, le había preparado sus mejores ropas y alhajas, que ella guardaba en secreto en el culo de un cofre, para el día en que su hijo se casara.

Llegado el momento de la partida, Prodiginio no pudo darle los consejos que pretendía ni su bendición paterna, ya que Golfelio agarró la maleta y, montado en el mejor caballo de su casa, se marchó sin despedirse.

Pasaron tres años en los que su padre no supo nada de aquel hijo amado. Preguntaba a los titiriteros que recorrían los caminos de plaza y plaza y de lugar en lugar, a los comerciantes de las caravanas, que llevaban productos artesanos para venderlos en tierras lejanas y adquirir luego seda en Murcia. Preguntaba a los magos que en determinadas épocas del año aparecían por los pueblecicos, sorprendiendo a la gente con nuevos trucos. Y preguntó incluso a los marinos mercantes, que surcaban los mares transportando trigo, aceite y vino, de España hasta las grandes ciudades mediterráneas. Pero nada. Como si se lo hubiese tragado la tierra.

Y mientras tanto el hombre sufría por la ausencia de Golfelio, la vida continuaba con prosperidad en su casa y su hacienda. Pues Fielfillo entendía bien las tareas agrícolas y había aprendido mucho sobre la crianza de ganado. El muchacho jamás se había apartado del cortijo familiar y era siempre obediente y fiel a las órdenes y deseos de su padre. De modo que Prodiginio podía estar bien tranquilo en ese sentido, pues su hijo ya se ocupaba de que todo marchara a las mil maravillas y las cosechas fueran cada vez mejores.

Sin embargo un día, ¡ay!, cuando ya nadie lo esperaba, apareció de nuevo Golfelio.

(Continuará)

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