Un verano más

Joaquín Gómez Carrillo

El verano ha venido y nadie sabe cómo ha sido, que diríamos parafraseando al poeta. Pues sí, la primavera se ha pasado volando y ya hemos atravesado el solsticio de verano, que es cuando comienza el estío, con el día más largo y la noche más corta. La Tierra, nuestro precioso planeta, nuestra casa sideral, nuestra nave espacial con la que viajamos todos juntos por el universo, gira alrededor del sol (mal que les pesara a los inquisidores eclesiales del siglo XVII, que condenaron a Galileo a la hoguera) a una velocidad espantosa: ciento y pico mil kilómetros por hora, aunque nosotros no lo notemos. Y en su grandioso recorrido pasa por cuatro puntos determinantes: dos solsticios y dos equinoccios. Los primeros son el de verano y el de invierno; y los segundos el de primavera y el de otoño. Pues bien, acabamos de pasar las puertas del verano el pasado día 21 de junio; ¡y ojo, que esto va muy de prisa y tenemos setiembre, con su equinoccio otoñal, en un abrir y cerrar de ojos!

Pero miren lo que les digo, lo importante es que nos deje de una puñetera vez el Covid; que no nos va a dejar hasta que esté vacunada casi toda la población, no de España, sino del mundo mundial. Porque este es un virus muy contagioso y además mutante, y por muy vigiladas que se quieran tener las fronteras de un país, cosa que en España lo que estamos deseando es que pueda venir el turismo rico a mansalva y nos invadan los ingleses y los alemanes, es imposible el aislamiento trasfronterizo; entonces, lo que les decía: o nos vacunamos todos o no hay mucha escapatoria. Así que ojalá se muera el bicho pronto y podamos volver a la vida de siempre, a preocuparnos por otras cosas y a disfrutar de nuevo las fiestas tradicionales a mogollón, ¡hasta reventar los bares y tascas!

Por cierto, ¿saben ustedes si habrá Feria este verano? ¿Habrá castillo en el Arenal del río, traca en el paseo, verbenas en la Plaza de España, pasacalles, Tío de la Pita, tascas cerveceras? Si no los hay, como el año pasado no los hubo, bien podían, los gestores municipales, echar esas perricas en otra cosa perentoria; por ejemplo, en esas personas que escarban en los contenedores y se meten a la boca lo que sacan de las bolsas de basura rotas y medio podridas, ¡qué pena! ¿No? ¿Qué les parece? ¿Quién debe hacerse cargo de remediar la pobreza extrema; la Comunidad Autónoma, el Estado español, la Iglesia Católica, las ONG, los vecinos motu proprio, el ayuntamiento del pueblo? No sé, ¿ustedes qué piensan? Yo, a veces, le he bajado un cacho de pan y unas latas al pobre magrebí que hurgaba en el contenedor de mi puerta. Pero eso no soluciona nada.

Miren España se define en el artículo primero de la Constitución como “…Un estado social y democrático”. ¿Qué significa eso? Muy sencillo: que los poderes públicos, ¡todos!, de todas las administraciones, han de trabajar por el bienestar de la ciudadanía, y gestionar los fondos públicos de tal manera que vengan a paliar las necesidades básicas de personas, de las familias y de colectivos. Un estado social es lo contrario a un estado capitalista puro y duro, donde los ricos son cada día más ricos y los pobretones no pueden sacar los pies de las aguaeras.

Por eso decía –disculpen, que ya casi me salgo de parva– que los gastos ahorrados en pólvora, y demás desembolsos relativos a las fiestas locales que no puedan realizarse (que ojalá sí se puedan), pues que se contabilicen bien y se destinen a hacer una pizca de justicia con las personas, no ya en riesgo de exclusión, sino aquellas excluidas del todo. Y he dicho ‘hacer justicia’, porque caridad ya la hace Cáritas (por poner un ejemplo de ONG que se carga y se encarga muchas veces en atender lo que no atienden –y deberían– las administraciones públicas).

Y en relación con ayudar las personas que llegan a España con el legítimo deseo de buscar otro horizonte que no sea el de la pobreza y la inseguridad, endémicas de sus respectivos países, es independiente de que se controle esa población flotante de personas sin papeles, sin casa, sin medios de higiene, sin alimentación adecuada y que está por ahí metida en verdaderos agujeros indignos: casuchas medio hundidas o naves abandonadas, llenas de ratas, a la espera de que alguien les contrate para echar unas peonadas en el campo. Un estado social no puede permitirse hacer la vista gorda con esa parte de la población.

Miren, por razones personales o familiares, he visitado varias veces el cantón suizo del Ticino (es la parte en que se habla italiano), y, sobre todo, su capital administrativa: Bellinzona (trabajaba allí mi hija Victoria como arquitecta). Claro que no hay comparación entre churras y merinas, me van ustedes a decir, pero allí dos de las cosas que tienen perfectamente contraladas son la inmigración y los pobres. Bellinzona es una ciudad pequeña, limpia como un sol, con un casco histórico medieval y con sus tres castillos; el más majestuoso: ‘Castelgrande’, sobre una enorme colina rocosa en el corazón del barrio viejo de la ciudad. Pues bien, en relación con la pobreza, no la hay en el grado que aquí puede verse. Controlados por el municipio (se llama así el ayuntamiento), hay tan solo dos pobres ‘oficiales’: un chino al que le autorizan a vender rosas de plástico por los restaurantes y terrazas de las cafeterías, y una peruana o boliviana, vestida con pollera y hongo, a la que le autorizan rascar un charango para estimular la virtud de la caridad a los viandantes en la ‘Piazza del Sole’ (justo a los pies de Castelgrande).

Es una anécdota nada más, lo de Suiza. Esto es España, y aquí, Cieza (Murcia), pero hombre, algún control y alguna ayuda a las personas que pasan extrema necesidad (moras o cristianas), es de ley hacer.

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