Los abuelos deberían ser eternos

Joaquín Castaño Balsalobre

En más de una ocasión he escuchado esta frase, y no le falta razón. Si los padres son una pieza fundamental de nuestras vidas, los abuelos cobran un valor más especial respecto de sus nietos, principalmente porque, cuando llegan a la edad de ser abuelos, en términos generales, no tienen las responsabilidades que tenían 20 o 30 años atrás

Los abuelos cuentan a su edad, lógicamente, con una experiencia vital de la que carecen cuando son padres, por lo que, por lo general, ponen en práctica con sus nietos sus experiencias en la vida y les muestran el camino, los pros y los contras a sus pequeños nietos.

Los abuelos, además, cuentan, en términos generales, con más tiempo para dedicar a los pequeños que cuando son padres, por lo que los lazos de unión, en algunos casos, pueden ser inseparables, creando una simbiosis y una complicidad que no se tiene con los hijos cuando uno es padre.

Los abuelos, a través de la experiencia vital, han desarrollado una serie de actitudes propias de la sabiduría de la edad, como la generosidad, y en cualquier momento están dispuestos a echar una mano a los nietos con más intensidad que lo hicieron con sus propios hijos, protegiendo como un ser propio.

Y los abuelos atesoran un recorrido de experiencias vitales importantísimas para el crecimiento personal e intelectual de los propios nietos, destacando la importancia de la convivencia intergeneracional, ya que los nietos se nutren de experiencias contadas por los abuelos a través de historias.

Para mí los abuelos no “deberían de ser eternos” porque ya lo son, y cualquier persona es eterna en el mismo momento en que, aunque no esté con nosotros físicamente, guardamos en nuestra memoria historias, recuerdos y vivencias que, en algunos casos, se hacen imborrables con el paso del tiempo e incluso, en la medida en que avanzamos en nuestra vida, se acentúan de forma más insistente, teniendo siempre su recuerdo presente.

En mi caso particular, disfruté mucho de mis abuelos, quizá no tanto como me hubiese gustado, pero fue una experiencia intensa, al menos lo suficiente como para dejarme marcado para siempre con ese recuerdo indeleble que hace, a día de hoy, que actúe como ellos me enseñaron.

Tuve la suerte de disfrutar hasta los 17 años de mi abuela materna, en casa le decíamos “madre” y a mi madre le decíamos “mamá”. Con ella, al ser yo el primer nieto de la casa materna, conectamos en una simbiosis especial. Su generosidad, no solo con los hijos y nietos, sino con el resto de personas, era muy particular, era una mujer muy adelantada a su tiempo, merecía el respeto que le profesaban, entre otras cosas, por ser buena persona.

Después de 26 años de su ausencia física todavía se guarda un grato recuerdo en el imaginario colectivo de quienes la conocieron, no solamente de la familia. Su recuerdo es imborrable, no hay día que no la recuerde, con alguna frase, con algún gesto, con algún comentario, por lo que me hace pensar todo aquello que viví junto a ella y que se mantiene en mi memoria de una forma intensa.

Su sentido del humor no tenía limites, era una persona que, a pesar de su largo historial de enfermedades, siempre tenía un poco de humor con el que aderezar la vida.

Ella fue la primera persona que me enseñó algo sorprendente, que nunca he oído en boca de nadie. Y es que, a pesar de ser una persona que no tuvo la suerte de contar con una formación como la que hemos podido tener generaciones posteriores, me explicó lo que es el miedo de una forma tan sutil y con tanta inteligencia como no he vuelto a escuchar nunca. Para ella, el miedo es algo que está en nuestra mente y que no existe, es como una barrera que muchas veces la vida te pone para no avanzar. No le faltaba razón, ahora entiendo por qué ella fue una mujer que no tenía miedo a nada, fue una persona excepcional, una mujer que vivía sin miedo. Ese, además de muchos otros, es de los aprendizajes más importantes que he tenido en mi vida.

Por eso sé de la importancia ahora de que mis hijos disfruten y convivan con sus abuelos y que puedan desarrollarse como personas en su dimensión más humana como los que tuvimos la oportunidad de criarnos con los nuestros.

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