Cuando Cieza tenía ‘padrino’

Francisco Javier Salmerón Giménez

En agosto de 1897 el anarquista italiano Michele Angiolillo asesinó en un balneario guipuzcoano a Antonio Cánovas del Castillo, Presidente del Gobierno de España. En Cieza tuvo lugar un Pleno Extraordinario en el que su ayuntamiento glosó su figura y en el que los representantes políticos hicieron mención de una larga serie de logros debidos a su persona. El alcalde afirmó entonces que “Cieza ha perdido a su protector más decidido” y Juan Pérez Martínez, el cacique ciezano, señaló que todo lo que en la ciudad existía “de adelanto y vida” a él se le debía. Después fue nombrado a título póstumo como Hijo Adoptivo de Cieza en señal de agradecimiento por la larga lista de favores concedidos.

Antonio Cánovas, nacido en Málaga en 1828, fue el político español más relevante de la segunda mitad del siglo XIX, militando desde muy pronto en los partidos conservadores. Las transformaciones y los cambios, consideraba, no debían provenir de una revolución, sino que debía aceptarse el curso natural y orgánico de la historia, llevándose a cabo desde el poder y su ámbito debía estar vedado a los demás sectores sociales.

Su papel en la primera restauración borbónica fue fundamental, hasta el punto de denominarse al conjunto del entramado político que creó como ‘sistema canovista’. Su base fue el ‘turno pacífico’ de los dos principales partidos, configurándose para ello desde el poder el fraude electoral, para lo que fue necesaria la instauración de la figura de los caciques locales, que garantizaron el control sobre la comunidad, convirtiéndolos en intérpretes únicos de las necesidades de sus pueblos. Estos reivindicaban las mejoras que entendían que necesitaban, reclamándolas en Madrid. Y debido al ‘padrinazgo’ que Cánovas ejerció con Cieza, todas las propuestas provenientes de su distrito electoral, que se extendía entre Abarán y Cehegín, eran aprobadas con rapidez.

Francisco Martínez González, casado sucesivamente con dos sobrinas de Cánovas, fue en los años ochenta del siglo XIX su interlocutor, señalando como alcalde que Cieza y Antonio Cánovas vivían identificados “con lazos del más acendrado cariño; y con él pasará esta Villa a la historia”. Juan Pérez tomó su relevo desde principios de los años noventa y frecuentó su despacho madrileño, hasta donde llegaba con una lista de peticiones que rápidamente eran resueltas de un modo favorable por el líder conservador; tanto que se contaba que Cánovas le reprochaba reiteradamente a este que no le hiciera más solicitudes, ya que consideraba escaso en número de ‘favores’ que le pedían desde Cieza.

Directamente a Antonio Cánovas, o a miembros de su familia, se deben los fondos que se necesitaron para hacer frente a la dramática situación en que quedó la población tras las graves inundaciones de enero de 1881; la condonación de contribuciones en el año 1878; la construcción en 1894 de un puente elevado sobre las huertas próximas al Segura, en el inicio de la carretera de Mazarrón, que popularmente se conoció como ‘el Puente de los Nueve Ojos’; la devolución de los montes comunales apropiados por el Estado; la instalación de la luz eléctrica en la población; la construcción de una carretera que rompió por fin el aislamiento entre Abarán y Cieza o la mejora de otras carreteras y de muchas de sus calles.

Sin embargo, su relación con Cieza fue casual y muy probablemente nunca la visitara. Se debió esta a su matrimonio con María Concepción Espinosa de los Monteros, hija del cuarto barón del Solar, un senador relacionado con Cánovas y dominador de la actividad política jumillana, a partir de cuya relación familiar se edificaría una plataforma política en la provincia de Murcia. Cánovas del Castillo se convirtió en diputado por Cieza, siéndole reservado ese espacio durante décadas, elegido de modo casi ininterrumpido desde las elecciones de 1864 hasta las de 1896, aunque en ocasiones se presentó por más de un distrito.

Podemos entender el duelo público de los políticos ciezanos y los lamentos por la pérdida de tan importante protector de los intereses de Cieza. En 1921, pasados más de veinte años desde su muerte, todavía se recordaba en Cieza su figura y los beneficios que había realizado: “Como no hay hombre sin nombre, no hay pueblo sin padrino, y desde que asesinaron a Cánovas, Cieza está desamparada del favor oficial”. (Francisco Javier Salmerón: Caciques murcianos).

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