15 días de prevención

Toñy Benedicto

Se llamaba Rafael, era el único hijo varón de una familia que además tenía seis niñas. Sus seis hermanas lo adoraban y al ser el más pequeño, estaba muy mimado por todos

Gozó de muchos privilegios, no solo porque era el pequeño de la familia, sino por el hecho de ser varón, en una época en que el futuro de las mujeres estaba orientado a casarse con un hombre que fuese un buen partido. Sus hermanas, al ser mujeres se dedicaban a, los quehaceres domésticos y preparar el ajuar. En los años, en que les tocó vivir a las hermanas de Rafael, estaba muy mal visto que la mujer trabajara fuera de casa, por eso todo el mundo tenía siempre en la boca aquel dicho tan popular de –la mujer, donde mejor está, es en su casa y con los pies quebrados.

Los padres le daban a su hijo Rafael todo lo que quería y más. Con el tiempo el chico sobresalió en los estudios. Al terminar la escolaridad, siguió sus estudios de bachillerato, continuó con su carrera Universitaria, porque desde luego, tonto no era y mientras estudiaba, aprovechó para tener novias, muchas novias, no se le resistía ninguna chica. Todas quedaban rendidas a sus pies. Y es que, en realidad, Rafael se hacía de merecer y sabía ser cariñoso, amable, chistoso, alegre, amigo de sus amigos, pero, sobre todo, muy mujeriego. Le gustaban todas las chicas. Siempre iba de flor en flor, circunstancia ésa, que le hizo tener un montón de novias.

¡Si no es para casarme!, es tan sólo una compañera para pasear, bailar y tomar cerveza –solía decir justificando así sus numerosas amigas.

Era muy inteligente y listo. Aprovechó la oportunidad que sus padres le brindaron para ir a la Universidad y conseguir estudiar la carrera de ingeniería.

Al haber sido el primer miembro de toda la familia en alcanzar un título universitario, no solamente sus padres, sino toda la familia, tíos, primos, abuelos, estaban muy orgullosos de él.

A pesar de todas las novias que tuvo, nunca se decidió por una chica en particular. Murió soltero y rodeado de mujeres que le adoraban.

Al llegar a la edad de cumplir con la obligación de hacer la Mili, como estaba estudiando, comenzó a pedir prórrogas, a ver si de esa manera, se podía librar.

Llegó un momento en que ya no tuvo más remedio que ir al Servicio Militar.

Lo llamaron a filas y como era estudiante, hizo lo que se llamaba la ‘milicia universitaria’. Es decir, los veranos debía incorporarse al lugar que le había tocado para servir a la Patria durante tres meses. Lo hizo en caballería.

Aquello le gustaba bastante, además sabía montar a caballo porque su padre tenía grandes fincas de campo con ganado bravo y caballos. Rafael había aprendido a montar a caballo desde muy pequeño, por eso, cuando le tocó ir a caballería le agradó y lo hizo con mucho gusto.

Estaba en todo lo suyo. Montando a caballo y mandando a los soldados. Fue lo mejor que le pudo pasar en la vida, hasta ese momento, y de hecho allí alcanzó su mayor felicidad.

Durante el periodo militar llegó a ser Alférez de Caballería, acontecimiento que le hizo subir su autoestima personal todavía más –¡ahí es nada! –se decía para sí mismo.

En realidad, lo que más le agradaba era darse la vuelta montado a caballo entre los soldados que naturalmente hacían la instrucción a pie. Él los veía desde arriba y se creía el rey del mundo.

Se hacía el chulo, porque podía, porque, como era el Alférez, nadie le chistaba. Con los soldados novatos, se mostraba muy intransigente, razón por la que le temían y le guardaban la vuelta. Sin embargo, con los mandos superiores se comportaba como siempre lo había sido con su familia y amigos, amable, afectivo, cariñoso, por lo que sus superiores, lo querían, admiraban y tenían en gran estima.

Rafael era lo que se dice un hombre de dos caras, la cara amable con las personas superiores a él, pero muy intransigente con los más débiles.

Un día ocurrió algo inesperado mientras estaban haciendo instrucción en medio del patio del cuartel.

Rafael iba como siempre, montado en su caballo, de pronto el animal hizo un extraño, levantó las patas delanteras hacia arriba con tal fuerza que, con el impulso, el jinete salió despedido, volando por los aires y terminó dándose de bruces en el suelo puro y duro y lo que fue peor, delante de los soldados novatos a quienes tanto había humillado y de los que se había chuleado, e incluso insultado en numerosas ocasiones desde lo alto de su caballo, durante los ejercicios de instrucción.

Lo normal, cuando alguien se cae, o tiene un accidente muy aparatoso, es que, los que están viendo esa escena comiencen a reírse, y eso fue lo que a malas penas pudieron hacer los pobres soldados pues, en el corto espacio de tiempo que transcurrió, desde que Rafael salió despedido del caballo, volando por los aires, hasta que llegó al suelo, serían tan solo unos cuatro segundos aproximadamente, a Rafael le dio tiempo, mientras volaba por los aires, a gritar con todas sus fuerzas,

¡El que se ría, castigado 15 días en la prevención!

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