Afición náutica

Toñy Benedicto

Su padre la llamaba Toto, siempre fue una niña a la que le encantaba el agua, no solo para beber, sino que disfrutaba muchísimo cada vez que iban de excursión o a merendar al río con su familia y amigos. Con apenas seis años, aprendió a nadar de la mano de su padre. Gracias a una amiga de la familia fue adquiriendo diversas técnicas de natación, así como bucear, tirarse de cabeza e incluso dar la voltereta en el aire, hacia delante y hacia atrás para luego caer en picado al agua. Según iba creciendo, su afición al agua también lo iba haciendo, por lo que sus escapadas para simplemente sentarse a ver correr el agua del río era una de sus grandes ilusiones.

La familia solía pasar, al menos un mes en la playa, lugar en el que fue aumentando su predilección por los deportes náuticos.

Un verano, ya casada y con hijos, se le metió en la cabeza que tenían que comprarse un barco. Estaban en la playa y un amigo que tenía una pequeña embarcación con una vela los invitó a dar una vuelta en su barca. Se montaron a pie de playa y no habían pasado ni diez minutos navegando cuando Toto se sintió mareada. Tras unos pocos minutos, como aquello iba de mal en peor, todo le daba vueltas y sentía ganas de vomitar, le dijo a su amigo,

–¡Para, para, que me bajo!

El amigo no sabía qué pensar y ella insistió,

–Para, de verdad, que yo sé nadar y puedo llegar hasta la orilla, ¡pero en el barco no puedo resistir más!

Una vez el barco disminuyó un poco su velocidad, se lanzó al agua y llegó nadando sana y salva hasta la orilla. Ahí comenzó a pensar que eso del barco, ya no le iba gustando tanto.

Después de muchos años, tantos que ya tenía nietos, tuvo una oportunidad y se apuntó junto con su marido a un curso de navegación en el Mar Menor.

El curso duraría 15 días y las sesiones eran de dos horas cada día. Se presentaron allí la primera tarde. En el grupo de navegación, los más mayores, mejor dicho, los más viejos, eran ellos. Primero les dieron unas charlas teóricas acerca de las clases de veleros, las partes de los mismos, los diferentes estilos de nudos, el nombre de las velas, el nombre y la forma de realizar de todos los movimientos que implicaba el llevar un velero. Más de una hora estuvieron con aquellos ejercicios, tras lo que el monitor les hizo una especie de examen, que se supone pasaron bien. Les quedaba una hora y el chico les invitó a subir a la embarcación para, hacer prácticas sobre lo aprendido.

Una vez en el agua, les dio unos cabos para que hicieran diferentes nudos al mismo tiempo que les iba preguntando por el nombre de todas las cosas que, se suponía, habían aprendido. Después comenzaron los ejercicios prácticos según las órdenes que iba dándoles el monitor: ¡sentaos a babor!, ahora empezamos a escorar y ¡debéis rolar a estribor!, así sin parar, estuvieron un buen rato, de un lado para otro.

Ante tantas órdenes y tan seguidas, terminaron sentándose los dos, junto al monitor, provocando el vuelco del velero, al coincidir los tres sentados en el mismo lugar por lo que quedaron atrapados debajo de la embarcación que se quedó con la quilla hacia arriba, mientras que el monitor tuvo la habilidad de saltar al agua.

Como estaban en una zona poco profunda, hacían pie, y aunque la embarcación la tenían encima de sus cabezas, no tenían peligro alguno pues había un gran espacio entre ellos y el barco y optaron por sujetarlo con sus manos.

Las personas que estaban en la orilla, viendo el vuelco de la barca y a los alumnos debajo de la misma, se pusieron muy nerviosos, llamaron a una ambulancia, llegó salvamento de la Cruz Roja, y mientras tanto, la pareja que se suponía había ido a aprender a navegar, estaba sujetando con sus manos la embarcación, ajenos completamente a la expectación y nerviosismo de todos lo que estaban por allí.

Un numerazo de los que hacen época. Esa misma tarde se terminó el curso de vela.

Toto, a pesar de sus fracasos, no cejaba en su afán de montar en barco y muchos años después fueron a Benidorm a pasar unos días en un viaje del IMSERSO.

Benidorm, además de ser precioso, tiene también un barco que da una vuelta alrededor de su isla para que los veraneantes y visitantes, además de un paseo por la bahía puedan ver el fondo del mar y la variedad de peces que hay bajo sus aguas. Toto se empeñó en montar en el barco. A pesar de todos los argumentos en contra que su marido le daba, ella se empeñó y al final, compraron los billetes y se embarcaron.

Aquello fue una locura. Tenían que bajar por un lado para ver los peces, después subir y bajar de nuevo por otro lado, para volver a ver más peces. Todo el tiempo que duró el paseo estuvieron subiendo y bajando tanto por babor como por estribor. Al desembarcar se encontraba muy mareada y vomitando, hasta el punto que desde el hotel tuvieron que llamar a una ambulancia y terminó en el hospital con un tremendo ataque de vértigo.

Las cuatro horas de observación hospitalaria con la medicación oportuna y dormida encima de una camilla, finiquitaron su gran ilusión de tener un barco y, ahí, ‘San Se Acabó’ su afición náutica.