Bandoleros en la Sierra de la Pila

Francisco Javier Salmerón Giménez

En 1824, en un patíbulo levantado en la plaza de Santo Domingo de Murcia el bandolero Jaime Alfonso, conocido como ‘el Barbudo’, fue ejecutado y su cuerpo cortado en fragmentos, siendo su cabeza enviada a Crevillente, el pueblo donde había nacido, en el interior de una jaula de acero que se colocó en su entrada. Otras partes se mandaron a Jumilla, Elche y Hondón de las Nieves, principales escenarios de sus correrías.

Inmediatamente comenzó a tejerse en los pueblos de Alicante y Murcia su leyenda de ‘buen bandolero’ o ‘bandido generoso’ que aseguraba que había comenzado a vivir al margen de la ley por hechos que la opinión popular no juzgaba como delictivos, integrándose en una partida de salteadores capitaneados por los hermanos Mojicas a quienes acabó sustituyendo tras matar a dos de ellos.

Luego, con la invasión napoleónica, dobló sus acciones: siguió robando pero convertido en un patriota en la lucha contra los invasores franceses, lo que le valdría el indulto, aunque la leyenda cuenta que nuevas peripecias lo obligaron a volver de nuevo al monte, donde como moderno Quijote ayudaba de modo desinteresado a todos: una escena literaria lo ofrece repartiendo la mitad de un botín entre unos mendigos ciegos que rezaban la salve. Él mismo afirmó, cuando buscaba otro indulto, que el dinero que había conseguido tras tantos riesgos y fatigas lo había distribuido entre “el espartero hambriento, el sencillo cabrero y el inagotable carretero”, como un nuevo Robin de los bosques, aunque cabría preguntarnos qué podría robar al pobre. Porque el bandolerismo tenía una geografía muy limitada, la del hambre, y un objetivo muy preciso: la superación del hambre. Todo lo demás que habitualmente se le añade: generosidad, beneficencia, marginación política… no es sino literatura.

Su conocimiento del terreno y una extensa red de confidentes en pueblos y sierras le permitieron una movilidad legendaria. Además del miedo que infundía, porque si un alcalde lo traicionaba o sucumbía ante la presión del gobierno este se creía perdido pues parecía que Jaime siempre aparecería en el horizonte con una banda de hombres armados.

Tuvieron que pasar muchos años para que los historiadores despejaran la realidad de los elementos legendarios que cubrieron la vida de Jaime Alfonso Juan, nacido en 1783 de padres campesinos, donde trabajó desde muy joven como pastor.

Mantuvo su refugio principal en la sierra de Crevillente, aunque su constante movimiento lo llevaría frecuentemente a otros como el de la sierra de la Pila, conocido como Cueva de Jaime, desde donde organizó con eficiencia a su gente, especializándose en el ataque a traficantes en tiempos de feria y en el rapto de personalidades o de sus parientes por quienes exigía un rescate.

El Barbudo se vio envuelto ‘en las revueltas políticas’ del momento como General de la Fe. Llevaba en su caballo una bandera con una cruz de color verde en la que podía leerse “viva Fernando 7º. Viva la Religión y muera la Constitución”, liderando las acciones emprendidas por los realistas, entre las que destacaron el intento de tomar Murcia y el levantamiento de Orihuela. (Francisco Javier Salmerón: ‘Jaime Alfonso el barbut, un bandolero en las filas realistas’. Revista Baluard, n.º 8).

Después, Jaime Alfonso y diecisiete de sus secuaces se acogerían a la amnistía que las Cortes otorgaron en 1823 con motivo de la inminente invasión francesa, aparentemente arrepentido y decidido a sacrificarse por su Patria en defensa de la Constitución. Por ello la prensa murciana ofrecería una imagen distinta del bandolero, persiguiendo por las cercanías de Abarán a religiosos realistas.

Volvió a recibir el perdón de las autoridades absolutistas. El clero y los alcaldes le rindieron muestras de admiración y afecto mientras se convertía en militar conservador del orden con la graduación de sargento primero, dedicado a aplicar la política de terror implantada por Fernando VII.

Volvió a Crevillente, aunque a comienzos de 1824 fue llamado a la Alcaldía de Murcia para confiarle el traslado de unos prisioneros, siendo entonces acusado de delitos recientes de robo, detenido, encarcelado y procesado. Pudo ser una excusa para deshacerse de un aliado tan poco aconsejable, o de un testigo molesto. Puede que su presencia fuese considerada como causa de desprestigio para la causa realista. O puede que aprovechara los galones para robar con impunidad. En cualquier caso, fue condenado y ejecutado en público.