Catalepsia

Toñy Benedicto

Una tarde, a la hora de la tertulia en el patio de la casa, un vecino nuevo, cuya profesión era viajante de vinos y quesos, nos comentó que su vida transcurría de forma errante, siempre de aquí para allá. Dijo llamarse don Juan. A partir de ese momento durante el tiempo que estuvo entre nosotros, le llamábamos, don Juan, –¿qué íbamos a hacer? Era este don Juan un personaje muy especial. Siempre iba muy bien vestido porque según decía, debido a su trabajo de viajante tenía que entrar en muchos comercios, en los que no conocía a las personas que allí se encontraban. Su atuendo era una forma de respeto, al presentarse ante personas desconocidas. Había alquilado uno de los apartamentos, para tres meses. Nuestra costumbre era que los nuevos vecinos, el primer día que acudían a la reunión, nos relataran una historia.

Don Juan comenzó su relato, asegurando que sucedió a finales del año 1890 y que había sido real, aunque a nosotros nos pareciera todo lo contrario, una vez que la hubimos conocido. Comenzó su fábula de esta guisa.

–Cuentan los viejos del lugar que, en aquella época, hace muchos años, tantos que yo, ni siquiera vivía, cuando alguien fallecía, no se guardaban las veinticuatro horas de velatorio que ahora la ley obliga a tener con los difuntos, razón por la que, según cuenta la leyenda popular, ocurrían casos inverosímiles de haber dado sepultura a alguien que realmente no estaba muerto. Vivía en el pueblo, un hombre que venía arrastrando una larga enfermedad. Tenía, ese señor, muchos problemas derivados de una afección, lo que le hacía estar muy débil y la necesidad de permanecer mucho tiempo en cama. Llevaba una alimentación muy suave y de esa manera con sus achaques, unas veces más fuertes que otras, el hombre iba sobreviviendo en el día a día. En aquellos años, el vecindario era como de la familia y todo el mundo estaba pendiente tanto de los momentos álgidos de su enfermedad, como de aquellos en que mostraba una mejoría y era entonces cuando todo el mundo estaba dispuesto a llevarlo de paseo.

Por ese motivo y con el ajetreo que se llevaban entre manos, los días que estaba mal eran más numerosos que los días que se encontraba en condiciones óptimas, pues no le daba tiempo a recuperarse del todo. Llegó un momento en que ya no se levantaba de la cama, pero no presentaba fiebre, ni tos, ni nada que los médicos de la época conocieran. Sin embargo, y a pesar de los muchos cuidados, él seguía encontrándose mal, se quejaba de dolores, y tampoco podía explicar del tipo que eran. Su tez se fue volviendo cada vez más pálida, tenía una ronquera muy fuerte que aparecía solamente por la noche. Decía no saber, qué le dolía exactamente porque su cuerpo al completo era un dolor espantoso. Comer, lo que se dice comer, lo hacía como un pajarico y con muy poco alimento, tenía suficiente. Una mañana, muy temprano, presentaba tal debilidad que ya no pudo hablar. Llamaron al médico y nada pudo hacer por él, en unos minutos perdió el conocimiento y fallecía a las pocas horas. Era verano, hacía muchísimo calor y con ese cuerpo tan débil decidieron que el sepelio se haría a las cuatro de la tarde, pues, según manifestó el doctor, el cuerpo ya había empezado la descomposición. La misa del funeral fue multitudinaria. Todos los vecinos se dieron cita para acompañarle en su último paseo. El finado era una persona muy conocida y querida por todos.

Tanto el médico como el forense, que había llegado de la capital, no estuvieron muy de acuerdo con esa defunción. Tras una conversación secreta llegaron al acuerdo de que, si querían averiguar la causa exacta de la muerte, a eso de la medianoche, se podrían encontrar a las puertas del cementerio, los tres, el médico de cabecera, el forense y el enterrador para, antes de que pasara más tiempo exhumar el cadáver con el fin de hacerle la autopsia, y averiguar de qué había fallecido exactamente, pues no las tenían todas consigo.

Hicieron todo el camino, desde el pueblo al cementerio a pie y sin ningún candil, ni tipo de luz por miedo a que les viera algún vecino, pues eso estaba totalmente prohibido. Una vez llegaron hasta el lugar donde estaba enterrado, no tuvieron dificultad alguna en sacar el cuerpo, porque como el enterrador, ya sabía lo que iba a hacer por la noche, no cerró debidamente el nicho y con un simple empujón de la mano, aquella “pared” cayó rápidamente. Trasladaron el cuerpo hasta la sala de autopsias, bajaron las persianas y encendieron varios candiles y velas para tener buena luz. Comenzaron a observar el cuerpo minuciosamente y vieron que no presentaba la rigidez habitual ni el color macilento de un cadáver. Dieron el primer corte en el tórax haciendo una T y, con ayuda de los separadores, abrieron el pecho para ver corazón y pulmones, en ese momento, el muerto volvió de su estado de catalepsia, incorporó la cabeza, abrió los ojos y dijo: –La Ciencia me ha muerto. Inmediatamente cayó de nuevo a la camilla y se murió.